OPINIÓN
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| Paco Cuns, presidente del Grupo Summa Hoteles. |
Última actualización 01/03/2010@06:12:11 GMT+1
Zozobrando cada día en esta mar gruesa de pendencias, sintiéndome náufrago siempre a la deriva, rogando por la tierra firme que nunca llega. Y a pesar de los falsos oráculos, no viendo más "brotes verdes" que las excreciones catarrales provocadas por un travieso virus de genealogía marrana. Cada mañana desde mi balsa, me pregunto: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Y ¿cómo salimos de esto?..
Y se me antoja que quienes mandan y por tanto tienen derecho de pernada, aunque ponen el escroto (en sentido metafórico y asexuado) encima de la mesa padecen ese defectillo por el que los espermas sólo saben dar vueltas y más vueltas... claro si no avanzan... pues evidente... “No preñan”. El arcano principio de “quien no sabe a donde va, no llega nunca a ningún sitio”, adopta ahora la forma de moraleja como permanente fin de una fábula en la que los animales de Esopo han sido sustituidos por desorientados políticos; y una de dos: o les regalamos una brújula de las del Coronel Tapioca junto con unas prácticas intensivas en los scouts, o les mandamos al carajo (en su acepción marinera: “nombre de la canastilla ubicada en lo alto del mástil mayor para el vigía”).
Desde que se empezaron a torcer las cosas y hasta que el caos se adueñó del reino, nos hemos ido desacelerando (optimista término gubernamental), hasta hundirnos en la crisis hasta la barbilla. Ahora con la angustia de morir por crisis-cución, buscamos a la desesperada un tratamiento que con la celeridad de la pulga Benito, ponga remedio a nuestros males. ¿Pero cuáles son nuestros males?… Y en este punto se me viene a la memoria, la magistral clase de Patología de mi siempre recordado Profesor Arroquia: ... “Lo importante a la hora del diagnóstico es ser metódico y sistemático, empezando en el despistaje del proceso morboso por una buena anamnesis y terminando con las pruebas complementarias que sean necesarias...”; pues eso, aquí hay que empezar haciéndole al paciente las tres preguntas básicas: ¿Qué le pasa?, ¿Desde cuándo le pasa? Y ¿por qué cree usted que le pasa?
En lo tocante al ¿qué le pasa?, las respuestas posibles pueden ser más que variopintas, radicalmente distintas en función de quien procedan: Hablarán de desesperación, angustia y necesidad las pronunciadas por: Las legiones de trabajadores que pactan ya (o están a punto de hacerlo) en los abarbechados campos del subsidio de desempleo, colmados ahora por esas malas hierbas nacidas a destiempo en forma de pírricas ayudas para parados terminales. En un tono lastimero parecido se expresarán los empresarios (no especuladores), mantenedores de plantillas, que ven cómo el esfuerzo de toda una vida se va al garete y pierden la salud, el decoro, el buen nombre y hasta la camiseta, intentando vadear a diario la caudalosa corriente de problemas que la crisis les reporta.
Otros a la pregunta responderán, con el tono más o menos grave (impostado diría yo), pero sin el vértigo que provoca verse al borde del precipicio; se me ocurren por ejemplo los funcionarios que a pesar de padecer recortes en el incremento de sus retribuciones anuales, tampoco ven caer su poder adquisitivo gracias a la caída de precios en el consumo en general.
Por último, habrá quienes con un aplomo torticero y semblante de ocasión, nos hablen aparentemente compungidos, en tono grandilocuente de la crisis y sus efectos, pero con un pícaro y burlón brillo en el iris acompañado de una maléfica y casi imperceptible mueca que les delata en su cinismo. Estos últimos son los que a pesar de lo que llueve, siguen poniéndose las botas. Son los mismos de siempre, los que con su avaricia desmedida nos metieron en estos pantanos, los que antes de estos tiempos de ruina, jugaban a batir récords de beneficios, los únicos que ahora han recibido ayudas megamillonarias (pagadas por todos) y los que saldrán de esto, sin haberse arrugado sus caros modelitos.
Y ... ¿desde cuándo pasa?, pues en sentido literal, desde el comienzo de los tiempos, siempre ha habido individuos que más allá de la edificante ambición que el ser humano debe tener y que siempre subyace en el origen del progreso, enferman de avaricia y exacerban sus necesidades de posesión como expresión de un poder que se ejerce con total indiferencia por el bien común. Y mientras que en el andar de los tiempos nuestra civilización ha avanzado en sus medidas de higiene social, estableciendo normas, convenios o leyes que pusieran límite a las conductas antisociales y que excluyeran con métodos expeditivos a los amigos de lo ajeno. En lo relativo a estos insolidarios individuos, no sólo no hemos sabido penalizar sus acciones, sino que hemos hecho de sus perfiles, modelos de referencia con los que educar a nuestros jóvenes en este nefasto concepto del éxito que sólo sabe conjugarse en primera persona y que sólo se acerca a la colectividad para aprovecharse de ella.
Por último, al responder a la tercera cuestión, ¿por qué cree usted que le pasa?, hay que rendirse a la evidencia del sentido común y proceder con la sagacidad de aquel teórico de la ciencia inglesa llamado Whewel que en la búsqueda de una causa común a los grandes avances de la humanidad, se dedicó a estudiar el entorno en el que se había producido cada uno de ellos; y en esta línea el carácter cíclico de estas crisis tiene su origen en acontecimientos geopolíticos y económicos que son urdidos o mal gestionados por los defraudadores sociales de turno. John Kenneth Galbraith en su famosa obra “La economía del fraude inocente”, ya nos advertía del papel que juegan los super ejecutivos de esas megacorporaciones económicas, marcando el ritmo de las decisiones de los poderes públicos, con la aquiescencia, la mayor de las veces, de los medios de comunicación (que subsisten gracias a los ingresos por publicidad con que los mantienen los que manejan el parné).
Este barrizal en el que ahora andamos empuercados, se desató por guerras como la de Irak, en la que no se mataba en defensa de los derechos de nadie, sólo se defendían los intereses estratégicos y económicos de las grandes corporaciones petrolíferas americanas con las que tan relacionada estaba la familia Bush. También como consecuencia de unos organismos reguladores del mercado que vivían de espaldas (obedeciendo la voz de sus amos), a prácticas de sobre estímulo del consumo en los mercados, creando productos financieros que carecían de las mínimas garantías de seguridad y solvencia. En resumidas cuentas construyeron un gigantesco castillo de naipes, en el que pretendían hacernos sentir a todos cortesanos de vida fácil y ociosa; pero ya saben, la mejor definición de un banquero es: “Individuo que te regala un paraguas cuando hace sol y que te lo quita cuando llueve”; pues lo dicho, ahora todos mojados y ellos secos y calentitos.
Huyo de ser un determinista en el sentido estricto y soy de los que creen que el hombre con su ingenio y esfuerzo es capaz de cambiar el aparente e inamovible destino al que parecemos condenados. A lo largo de la historia de la humanidad, ha habido lo que yo llamo hombres de luz y hombres de tiniebla. Nuestros congéneres podrían dividirse echando mano de la antigua mitología griega, en: Helios, Selene o Hekate; es decir, en emisores de luz (Helios -Dios del Sol-), reflectores de luz (Selene -Diosa de la Luna-) y consumidores de Luz (Hekate -Diosa de la oscuridad-).
Hace años mi amigo Juan Gaitán, escribió su opera prima “Hombres de Luz”, novela de corte histórico que trataba de la generosidad de algunos personajes que habían compartido en el tiempo la caída del reino nasrí de Málaga. Reflexionando tiempo después acerca de la conducta de alguno de estos personajes, he llegado a la conclusión que en el rocambolesco zoológico (sería más apropiado hablar de “casa de fieras”) del que forman parte nuestros actuales líderes sociales, no hay ningún hombre de luz que con talante generoso y vocación de servicio público, sirva como faro de referencia capaz de mostrarnos el mejor y más certero rumbo en nuestra navegación hacia las aguas calmas del puerto seguro. Por el contrario, abundan los hombres de tiniebla que sólo medran en su propio interés, con un comportamiento mesiánico rancio y autocrático han creado su propia corte de corifeos (reflectores de luz), para que ensalcen como anencefálica y bien entrenada clak las majaderías que se les ocurren. A estas domesticadas legiones de fans del humo y falso oropel, hay que recordarles que el que dice o hace tonterías -por lo general- es tonto y no ingenioso.
Y si al menos, estos nuevos soplagaitas de Hamelín a cambio de esquilmarnos los bolsillos, nos libraran de alguna plaga que otra; pero los muy ladinos no hacen más que crear discordia y enfrentamientos, porque ya se sabe: “En un mundo sin conflictos para qué leche sirven los caudillos”.