Abrí el armario de mi habitación. Décadas de uso por las señoras más sutilmente perfumadas del mundo habían dejado una huella inconfundible. Sí. No podía haber otro hotel que lo superara. El Claridge's era el Rey de los Hoteles y el Hotel de los Reyes.
Un ilustre hotelero hispano-alemán, Klaus Beck, me contaba sus tiempos de aprendizaje en el Savoy de Londres. Como en el también famoso Claridge's, su hotel hermano, en el Savoy no existía el room-service tal como lo conocemos ahora. Estaba el “service d'étage”, el servicio de pisos, y él era un “chef d'étage”. El que el cliente utilizara el teléfono para marcar un número y pedir cualquier tipo de servicio hubiera sido una vulgaridad. Todo era a base de timbres. En el Claridge's -considerado como el “Anexo del Palacio de Buckingham”- había como mínimo seis camareros por planta. Además de seis camareras de habitaciones, dos valets, un mozo y tres limpiadoras de cuartos de baño. Un empleado al otro lado del timbre. Como en una de las grandes mansiones señoriales del Reino Unido.
La verdadera historia del Claridge's empezó en 1812, cuando el empresario James Edward Mivart decidió construir un hotel en el 51 de Brook Street. Poco a poco fue adquiriendo los edificios colindantes, también hoteles. El heredero de Mivart, su hijo George, no demostró ningún interés en los hoteles legados por su padre. Finalmente, éstos fueron adquiridos en 1854 por los propietarios de un pequeño hotel en Grovesnor Street, el matrimonio William y Marianne Claridge. William Claridge había empezado su carrera empresarial como hotelero después de unos años trabajando en el servicio como el modélico y severo Mayordomo Jefe de una gran casa británica. Era por consiguiente la persona ideal para atender en un buen hotel a los miembros de la nobleza que desearan ir a Londres con sus familias y sus sirvientes.
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| Las suites del Claridge’s son un ejemplo de elegancia y sofisticación llevadas a la máxima expresión. |
El status del Claridge's como el hotel londinense de la realeza europea y de los personajes del gran mundo del Gotha o del Debrett's, quedó firmemente consolidado en 1860. A partir de la invitación a tomar el té en uno de los salones del antiguo Claridge's que la Emperatriz Eugenia hizo a la Reina Victoria y al Príncipe Consorte. Al aceptar la invitación de nuestra admirable Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia, la soberana británica consagró aquel elegante hotel en el corazón de Mayfair como una casa digna de las familias reales europeas. Equiparable a una gran mansión en la que también los miembros más destacados de la aristocracia británica se sentirían como en su casa.
Hay un dato muy curioso en la historia del Claridge's. Llegaron a tener 113 habitaciones de correos. Es decir, habitaciones confortables pero menos lujosas que la de los clientes, destinadas a los miembros de la servidumbre privada de los huéspedes. Por ejemplo, los condes de Derby. Hasta hace unos veinte años siempre se alojaban en el Claridge's acompañados por el chófer, el mayordomo y una doncella para el servicio de la condesa. Estos últimos supervisaban el servicio de los empleados del hotel a sus señores.
Hace ya algún tiempo un periodista del Evening Standard descubrió una lista de clientes del Claridge's del mes de mayo de 1876: entre los huéspedes aparecían dos Reyes, Jorge I de Grecia y Leopoldo II, Rey de los Belgas, además de una Reina, Príncipes Herederos, archiduques, duques y miembros de rangos menores de la nobleza.
Los años fueron pasando y el Claridge's se encontró a finales del siglo XIX en una difícil encrucijada. Ya un miembro de la aristocracia austro-húngara, la condesa Maria Larisch, había encontrado al hotel oscuro e incómodo durante su visita en 1877. Todo ese conjunto laberíntico de edificios georgianos construídos antes de 1720 no podrían competir con los grandes hoteles que se estaban levantando en el Londres de la Belle Epoque.
En 1889 un conocido empresario hotelero, Richard d'Oyly Carte, asesorado por el gran César Ritz, inauguró el que sería entonces el gran hotel de Londres: el Savoy. En 1893 empezaron las negociaciones para la adquisición del cada vez más vetusto Claridge's. El 22 de diciembre de 1894 se puso la primera piedra del nuevo hotel. Un hermoso edificio en estilo victoriano tardío, según el proyecto de C.W. Stephens, el mismo arquitecto de los almacenes Harrods. El hotel incorporó todos los avances de la tecnología y el refinamiento de la época: electricidad, ascensores y cuartos de baño privados en cada suite y en cada habitación. Todo había cambiado pero afortunadamente todo seguía igual en aquel lugar que nunca dejó de ser un templo dedicado a las buenas formas, de una elegancia siempre discreta, consagrado al arte de la hospitalidad.
Después de aquella lista de clientes de mayo de 1876 hubo otra lista, ésta de febrero de 1952. Una vez más se demostraba que el Claridge's seguía siendo el hotel más importante de la capital británica: con motivo de los funerales en honor del Rey Jorge VI se alojaron en el hotel tres Reyes, tres Reinas, diez príncipes reales... Además de los presidentes y primeros ministros de una docena de naciones. Durante la Segunda Guerra Mundial las familias reales de Holanda, Grecia, Noruega y Yugoslavia residieron como refugiados en el Claridge's. El hotel estaba rodeado de sacos de tierra como protección contra los bombardeos, y cuando sonaban las sirenas de alarma todos, huéspedes y empleados, bajaban ordenadamente al refugio habilitado en los sótanos del hotel.
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| El hotel ha sido y es marco de algunos de los más importantes acontecimientos sociales de Londres. |
El hotel Claridge's es también el marco de los más importantes acontecimientos sociales de la capital británica. Donde las tradiciones de los grandes bailes o los banquetes van dejando sutilmente paso a formas más cercanas a los usos y modas de los nuevos tiempos. Siempre con el común denominador de la distinción. Recuerdo a una admirable amiga de Grecia, profesora de la universidad Aristóteles de Tesalónica. Su padre, monárquico de toda la vida, consideraba al Claridge's tan sagrado como el Partenón. Al fin y al cabo era el hotel donde el Rey de los Helenos se sentía feliz a pesar del exilio. En sus salones, donde se sentía en su casa, el Rey Constantino recibía con cordialidad y sencillez a sus visitantes.
Es evidente que los restaurantes y los vinos del Claridge's merecen un libro cada cuatro o cinco años. No sólo por una gastronomía que roza la perfección. Como la roza una bodega que alberga más tesoros que las cámaras acorazadas del Banco de Inglaterra. Su arma secreta siguen siendo los clientes en complicidad con un personal de sala excepcional. Recuerdo una vez que me invitaron a un almuerzo muy inglés en el restaurante principal del hotel. No pude evitar pensar que la humanidad había necesitado miles de años de cultura y de evolución para hacer posible un mundo así.
Hace unos quince años, el Grupo Savoy, los propietarios del Claridge's se tuvo que enfrentar a problemas bastante similares a aquellos que amenazaron al antiguo Claridge's cien años antes. El hotel necesitaba ser renovado y sobre todo necesitaba salir de una situación financiera muy negativa. El Consejo de Administración del Grupo Savoy buscó al hombre que pudiera cambiar el rumbo cada vez más peligroso de la empresa. Y fue un gran hotelero de origen español, don Ramón Pajares (Andalucía Única, número 99, febrero 2010), el que llevó al “Palacio de Mayfair” y a todo el grupo Savoy a un nivel de excelencia y éxito operativo y financiero con unas estrategias que siguen siendo un modelo para la industria hotelera internacional.
Leyendo la historia de esa espléndida casa entre Brook Street y Grosvenor Square, es fácil llegar a la conclusión que una española y un español, en siglos diferentes, fueron portadores de una buena estrella para uno de los hoteles más admirados del mundo.